septiembre 19, 2016

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10 Ingobernables (en Bilbao)

A partir de ahora, además de un gato, June Fernández y Libros del K.O. tienen en común un libro: 10 Ingobernables, un artefacto fabuloso que rompe tabúes, reivindica la risa, el cabreo, la excentricidad, la contradicción, el derecho a vivir como nos da la gana, el derecho a complicarse la vida. Y tiene una ilustraciones maravillosas de Susanna Martín. Y para celebrarlo, la revista Píkara y Libros del K.O. hemos organizado la premiere mundial en Bilbao. Será esta tarde, lunes 19 de septiembre, a las 19.30, en Louise Michel Liburuak. El acto contará con intérprete de lengua de signos. Venid. Si os da la gana.
septiembre 13, 2016

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Sean más tolerantes con los vivos

Odio los oficios fúnebres. No porque alguien haya muerto, pues en realidad no he tenido que enterrar a ningún allegado. Y los no allegados me son indiferentes. De todos modos, odio los entierros. En el contexto de la muerte cualquier acción parece inmoral. Odio los entierros por su tono de dolor hermoso, convincente. Por las lágrimas de la gente que en realidad son extraños, dolientes ajenos. Por la sensación de alegría reprimida: "no es mi muerte, sino la de otro". Por el secreto entusiasmo de la bebida que vendrá. Por los elogios exagerados dedicados al difunto. Siempre siento deseos de gritar: "A él ya le da igual. Sean más tolerantes con los vivos. Conmigo, por ejemplo".
El compromiso, Serguey Dovlátov (ed. Ikusager)
p.d: Gracias por el chivatazo, Ander Izagirre.
junio 05, 2016

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Ali ›   boxeo ›  


Ali vs Superman

Primer round: Miami Beach, 1964

Buenas noches, damas y caballero, bienvenidos a Miami Beach.

Procedente de Louisville. Kentucky, con calzón blanco de franjas rojas, el campeón olímpico de pesos semipesados y aspirante a título mundial de todos los pesos Cassius Clay.

(abucheo ensordecedor del público)

Y procedente de Denver, Colorado, su oponente. Calzón blanco de franjas negras el campeón del mundo de toso los pesos…Charles…Sonny…Liston

Eres un bocazas, Casius. Y un narcisista y te mereces una buena ostia que te baje los humos, niñato engreído, bufón con músculo y sin cerebro. Todo el mundo te odia y nadie da un duro por ti esta noche del 25 de febrero de 1964 en Miami Beach. Ni siquiera tu extravagante grupo de patrocinadores de tu Kentucky Natal, entre los que hay criadores de caballos, vendedores de whisky y gerentes de fábricas de golosinas. Las mejores plumas del periodismo estadounidense llevan semanas compitiendo por lanzarte la metáfora más destructiva. Te tienen ganas. Te vas a tragar el puño de Liston, dicen. Vas a durar 3 segundos, dicen. Tendrás suerte de no acabar en el hospital, dicen.

Tu rival esta noche, Sonny Liston, te ha elegido como aspirante al título de pesos pesados porque te ve como el púgil más asequible. El más tonto y el más débil. Liston no ha estudiado a fondo tus peleas, pero lleva meses oyendo tus bravuconadas en la prensa, en la tele, en el casino de Las Vegas en donde Liston te soltó un bofetón en público que te dejó temblando, en la puerta de su casa a donde acudes con un autobús pintarrajeado para llamarle oso perezoso y anunciarle que le vas a hacer trizas. Nadie intuía que había método en tu fanfarronería (“conseguí que Liston pensara que yo no era más que un payaso”).

Parece que nunca en la historia del boxeo fue el K.O. fue tan previsible. Las apuestas están tan descompensadas que ya no se aceptan tanteos en tu contra. Solo tu amigo Malcom X está seguro de tu victoria, pero el organizador del combate le obliga a que se marche de Miami para no dar mala imagen. Esa mañana, en la ceremonia de pesaje, te ha dado un ataque de histeria (luego se sabrá que fingido) y el médico de la organización ha estudiado el camino más rápido al hospital más cercano y ha hablado personalmente con los médicos de guardia para asegurarse de que esté todo preparado cuando te trasladen desde el ring al hospital al borde de la muerte. No todos piensan que Liston te va a destrozar, según se acerca la hora del combate crece el convencimiento de que huirás de la ciudad sin subirte siquiera al ring. Se anuncia una carnicería, un espectáculo bochornoso. Pero lo cierto es que, en las horas previas al combate, duermes plácidamente y tu único miedo cuando esperas en los vestuarios es que la mafia, valedora de Liston, te haya envenenado el agua.

El problema no es que seas negro: eso tampoco importa en un deporte que se introdujo en Estados Unidos gracias a los combates de esclavos organizados por los dueños de las plantaciones sureñas (no me baso en Djanjo desencadenado, sino en David Remnick).

El problema es que eres un negro inclasificable. En aquella época se podía ser un negro delincuente temible como Liston o un buen negro servicial y callado como Joe Louis o incluso un negro defensor de la integración tan del gusto de los liberales blancos y admirado por Kennedy, como Floyd Patterson. Pero nunca un negro engreído. Por si fuera poco, se rumorea que formas parte de la Nación del Islam, una organización bastante desconocida para el gran público, pero que la prensa define como el reverso negro y musulmán del Ku Kux Klan. Por una vez, la América segregada está de acuerdo en algo: todos quieren que gane Liston. Mejor un terrorífico delincuente que un musulmán narcisista que reza a Alá en una esquina del cuadrilátero, mirando a La Meca con los guantes puestos.

Miami Beach, 25 de febrero de 1964. Primer asalto: bailas por el ring dando vueltas alrededor de tu contrincante y lo haces con esos saltitos vacilones, desesperantes, eléctricos, mezcla de liebre y bailarina, que te harán famoso y inspirarán esa definición genial de Archie Moore: “es como alguien que escribe maravillosamente pero que no supiese poner los puntos y las comas”. Te limitas a jugar y a desesperar al rival, poniendo más energía en defenderte que en golpear porque sabes que no son los golpes recibidos, sino los golpes fallidos, los que más desgastan. Eres una mole pesada, pero te cimbreas para alante y para atrás y para los lados como si tu cuerpo fuera un caña de bambú con reflejos de samurai. Segundo asalto: Liston ha perdido la paciencia y falla un gancho de izquierda que deja las cuerdas del ring temblando como una descarga de humillación. Tercer asalto: le abres una brecha a Liston debajo del ojo. Cuarto asalto: te empiezan a escocer los ojos y solo eres capaz de ver formas borrosas; tu entrenador sospecha que Liston ha impregnado sus guantes con un aceite que produce escoceduras. Te entra pánico. Queda un minuto y medio y quieres abandonar. “No pares de correr”, te ordena tu entrenador Dundee. Y corres por el ring como si te fuera la vida en ello. Porque te va la vida en ello. Quinto asalto: has resucitado y ahora vas a destruir a Liston, al que sometes a un catálogo de jabs, combinaciones, ganchos de izquierda y uppercuts de derecha. “Ya te tengo, mamón”, piensas. Sexto asalto: no hay sexto asalto. Liston escupe el protector de dientes y le grita a su entrenador.“Hasta aquí hemos llegado”. Y tira la toalla.

Enloquecido, le gritas al público y a la prensa y al país: “Soy el rey del mundo. Ahora os tragáis vuestras palabras”.

Y la prensa se comió sus palabras aquella noche y la noche del 25 de mayo de 1965 cuando volviste a derrotar a Liston en el combate de revancha celebrado en Maine. Le fulminaste con un meteorito invisible en el primer round. A aquel golpe lo bautizaste como el golpe del ancla, y como todo suceso sobrenatural, se puede describir con palabras, pero es imposible de ver. Liston cae fulminado ante el asombro del espectador, incapaz de distinguir el puño de Casius.

“Al final comprendí que yo no era más que un boxeador y que él, en cambio era la historia”. Palabra de Sonny Liston

 

Segundo round: Malcom X con guantes

Para disgusto de tu familia y espanto de la América cristiana renunciaste a tu nombre de gladiador: Cassius Marcelus Clay. Así se llamaba el dueño blanco de tu tatarabuelo esclavo, un luchador abolicionista que liberó a tus antepasados. Pero tú no mendigabas la libertad ni le debías fidelidad a tus antiguos dueños, por muy progresistas que hubieran sido. En su lugar, elegiste Muhammad Ali y declaraste abiertamente tu apoyo a la Nación del Islam, lo que te convirtió en enemigo público y en objetivo de la CIA. Cuando fuiste llamado a filas para luchar en Vietnam, recurriste a otra variante de tu golpe de ancla: te declaraste objetor de conciencia y recorriste el país hablando en contra de la guerra en una época en la que el movimiento pacifista era un ovni imposible de avistar. Utilizabas contra el Gobierno el mismo lenguaje fanfarrón que utilizaba antes de subir al ring: “Tío, no tengo nada contra esos Vietcong”. Te despojaron de tus títulos, te quitaron la licencia para boxear, te condenaron a cinco años de cárcel y a una multa de 10.000 dólares. Solo un tribunal fue capaz de poner fin a tu racha de 29 victorias seguidas, 22 de ellos por nocaut.

Fuiste el Malcom X con guantes, aunque luego te distanciaras de él y guardaras un miserable silencio (del que luego te arrepentirías) cuando fue asesinado. Algunas de las ideas de la Nación del Islam eran delirantes (esa cosmología de platillos volantes, ese racismo a la inversa), pero tú siempre elegías lo que te interesaba y rechazabas lo demás. Más allá de las contradicciones y el despotismo de tu nuevo guía espiritual, tu actitud fue un ejemplo porque para muchos jóvenes como Jim Nelson representabas “el desafío contra la obligación de ser un buen negrito, de ser un buen cristiano en espera de recompensa por parte del proveedor blanco. Nos encantaba Ali porque era tan bello y tan poderoso, y porque decía muchas groserías . Pero también ejemplarizaba muchas de las cosas que los negros sentían en aquella época: nuestra cólera, nuestro sentido de la justicia, la necesidad de ser mejor solo para alcanzar la media, la sensación de estar enfrentado a las furias”.

Fuiste el quinto beatle del boxeo. Un día te fotografiaste con ellos en el gimnasio de la calle quinta. Llegaste con retraso para desesperación de George Harrison, y les dijiste: Hola Beatles, tendríamos que hacer una gira juntos, nos haríamos ricos. Para a foto amagaste un golpe con el que los derribabas como pieza de dominó.

- No sois tan estúpidos como parecéis

- Tú en cambio, sí, replicó Lennon, sonriendo.

 

Tú no sabías mucho de música, y los chicos de Liverpool no sabían nada de boxeo, pero de alguna manera pertenecíais al mismo mundo. Estabais hechos del mismo carisma con el que se construyeron los Kennedy, Lennon, Elvis Presley, Bod Dylan, Luther King, Malcom X y los iconos de los 60. Eso lo sabían hasta tus peores enemigos, como el periodista Cannon, al que amargaste la vida con tus victorias, y que dejó escrito: “Clay es parte del mismo movimiento que los Beatles, encaja perfectamente con esos cantantes que nadie logra oir, y con los punkys montados en sus motocicletas, y con Batman y con los chicos de melenas sucias, y con las chicas con aspecto de no lavarse nunca, y con la rebelión de los estudiantes, y con los pintores que copian etiquetas de sopa, y con los vagabundos que se niegan a trabajar….”.

 

Tercer round: Zaire.

Para ser un mito hay que hacer de lo extraordinario una rutina. En la narrativa del héroe la derrota es solo la antesala de la resurrección. A la victoria de Miami, al meteorito de Maine y al episodio de Vietnam le faltaba una colofón más impactante que tu discreto regreso al boxeo en 1970 y tu derrota contra Frazier en 1971.

El golpe de guión final exigía vencer el combate del siglo que se celebraría en Zaire en 1974 ante el rival más formidable de la historia: George Foreman que había ganado 40 combate seguidos. La banda sonora corrió a cargo de B.B King y James Brown y las gargantas de 60 mil personas abarrotando el estadio nacional de Kinshasha a las tres de la madrugada.

Decían que estabas viejo, pero a diferencia de Miami, no eran tus enemigos quienes daban por hecho tu derrota, sino también sus bardos más fieles como Normal Mailer. Pero estabas en plena forma. En una de las primeras ruedas de prensa, brillaste de nuevo con una de tus brillantes declamaciones a ritmo de rap. Dijiste: “luché contra un cocodrilo. Me pelee con una ballena. Esposé rayos y truenos en prisión. Solo en la última semana asesiné a una roca, herí a una piedra, hospitalicé a un ladrillo. Soy tan vil que hago enfermar la medicina. Un tipo malo, malo, rápido: anoche apague la luz del dormitorio, le di al interruptor y estaba en la cama antes de que la habitación estuviera a oscuras”.

Ganaste.

Después del combate, DC Comics te dedicó un número especial en el que te enfrentabas a Superman.

Y volviste a ganar.

junio 03, 2016

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6 de junio, 7 de julio....San Fermín

El próximo lunes, 6 de junio,

presentamos 7 de julio,

de Chapu Apaolaza,

corredor y contador de historias.

 

A las 20 horas, en la Plaza de toros de Pamplona.

 

 

mayo 20, 2016

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Periodismo ›  


Esa pregunta nunca se la habrían hecho a un hombre

La familia y las amistades han sido siempre fundamentales para mí, pero poco a poco empecé a tener otros conocidos y a valorar más a mis amigos masculinos. Siempre ha habido hombres en mi vida —en el amor y la amistad— y siempre he disfrutado con ellos. Mientras vivía Phil, lo adoraba hasta tal punto que nunca pensé en otra relación. En realidad, la idea de la «mujer de un solo hombre» se me quedó grabada durante años, y aún existen vestigios. A menudo me han preguntado por qué  nunca volví a casarme. Durante mis primeros años de editora me molestaba que me hicieran la pregunta, porque consideraba que nunca se la habrían hecho a un hombre. Solía responder que no sabía por qué. Sigo sin saber todas las razones, pero sí llegué a comprender que mi trabajo lo hacía muy difícil, por no decir imposible.


Los hombres que me atraen son fuertes, brillantes, duros y comprometidos, pero un hombre de ese tipo, probablemente, no acepta mi vida, que es activa y absorbente. Esos hombres necesitan más atención y energía emocional de la que me queda a mi al final de la jornada, y lo que yo estaba buscando era un príncipe consorte. En realidad, no buscaba nada. Estaba tan inmersa en lo que hacía que prácticamente no le presté atención a la idea. Y, cuando sí lo hice, pensé que era poco probable. Cuando una persona lleva años viviendo sola empieza a darse cuenta de lo difícil que va a resultarle adaptarse a vivir con alguien. Yo tenía muy claro que estaba casada con mi trabajo, y me encantaba.

 

Una historia personal, Katharine Graham

enero 25, 2016

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No volveremos a ser editores jóvenes

Que la editorial iba en serio uno lo empieza a comprender cuando lo primero que hace por la mañana, antes de recitar a Rilke, es consultar la tabla de ventas de la distribuidora.

Como todos los editores jóvenes, nosotros vinimos a quemar todos los puentes.

En febrero de 2011 éramos más jóvenes y más valientes y más soberbios. Jordi Herralde, editor de Anagrama, había dicho en una conferencia que "una editorial de no ficción es inviable en España" y nosotros le íbamos a demostrar a ese advenedizo de qué iba la vida.

Publicábamos libros con una inconsciencia kamikaze rayando en el desprecio: nosotros éramos exquisitos, el mercado eran los otros. Poníamos el precio de los libros al azar, casi por la sonoridad de sus decimales: nada de perder el tiempo calculando el punto de beneficio. Luego ocurría que no amortizábamos gastos ni vendiendo la tirada completa, luego ocurría que teníamos que extender la estafa piramidal buscando nuevos socios inversores entre los amigos. Hasta que nos quedamos sin amigos y no hubo más remedio que empezar a hacer cuentas. Descubrimos el Excel, la economía de escala, el puto miedo a irte definitivamente a la mierda, cosas horribles por el estilo.

La contra de los libros se suele escribir de madrugada, en vísperas de mandar a imprenta, preferiblemente al borde de una crisis nerviosa. Eso era sí hace cinco años y dentro de dos meses. Solo que ahora las escribimos sin propensión al mito.

Siendo todavía editores-cazadores-recolectores, nuestra única misión era dinamitar todas las convenciones y no caer en los vicios del género, en esas frases tan “uno de los mejores escritores de la segunda mitad del siglo”, en esos adjetivos “imprescindible”, "obligatorio", en esas fajas burdamente triunfantes, en esa sintaxis de desesperante sensatez: “aborda temas desde X a Y, pasando por”. No, nuestras contras estaban llamadas a fundar civilizaciones. Habíamos venido, ya lo he dicho, a llevarnos el mundo editorial por delante.

De aquella época es la primera edición de Mata a tus ídolos, de Luc Sante. En la contra escribimos este relato críptico:

Posó el carajillo en la mesa y, con todo su miniaturismo angustiado, Flaubert nos soltó a la cara uno de eso tuits compactos y paradójicos que tanto ama: “Se metódico y ordinario en tu vida, como un burgués, para poder ser violento y original en tu obra”. Nosotros permanecimos callados, pero Luc Sante, que llevaba toda la noche matando a sus ídolos con minuciosidad de detective, le miró fijamente y, balanceando su cigarrillo boca abajo, destilando más languidez hastiada que cualquier pieza escrita para violín, le respondió con una crítpica proclama:
"Solo queríamos que el poder desapareciera, y veces parecía que ya lo había hecho... magnolios creciendo entre las grietas del asfalto... una máquina de escribir china y un becerro disecado con dos cabezas... yonquis blancos masoquistas... el resplandor de los incendios a lo largo de Amsterdam Avenue... clérigos de alto nivel compartiendo drogas con alumnos desnudos en criptas de grandes iglesias...Cowboys negros hablando alemán”
Luego detuvo su discurso y, mirando a Flaubert, gritó: "Por el amor de dios, ¡abrid una ventana! Y sacad de aquí ese culo funky". Desde la puerta del bar, antes de desaparecer, nos dejó una lúgubre advertencia pronunciada como si hicera gárgaras con lejía y carbón: Algún día  seréis capaces de desatornillar vuestros árboles, girar los setos y lavar el césped con champú. 
En la mesa, junto al carajillo, nos dejó este libro. Aunque te advertimos, lector, que los trenes ya han dejado de circular con puntualidad.

 

Era la anticontra, la metacontra, la contra automática, la contra poseída, la dadacontra, la contra dodecafonista.

Era, descubrimos demasiado tarde, el tipo de contra que espanta al lector: he visto letraheridos en la feria del libro tomar el libro entre sus manos, admirar la portada, dar la vuelta al tomo, leer la contra, el espanto en sus ojos, el horror, el horror, dejar el libro y salir corriendo. Un consejo: antes de quemar el puente, asegúrate al menos de cruzar primero el río.

Una contra es un manual de instrucciones, un escaparate publicitario, una trampa, un cebo, una exageración, una cosa simple, una idea encapsulada, una seducción, un ruego, un chupito transparente. Puede ser muchas cosas: nunca una paja.

Han pasado casi cinco años desde entonces y la “verdad desagradable” asoma: que compren y lean tus libros es el único argumento de la obra. Solo que no nos parece una verdad desagradable, sino un vicio formidable. Que nos lean, que nos compren, que nos conozcan. Así cada libro y vuelta a empezar.

Han pasado cinco años y ahora publicamos un nuevo libro de Luc Sante: Bajos fondos, una mitología de Nueva York. Y aprovechamos la ocasión para reeditar Mata a tus ídolos, uno de nuestros juguetes favoritos que, pensamos, hubiera tenido mejor vida de haber sido nosotros menos divos capullos.

Por si acaso, hemos sustituido la antigua Madre de todas las anticontras por una pieza sensata y convencional, indigna de las vanguardias de entreguerras, pero más útil para que el lector se haga una idea aproximada de lo que va encontrar dentro, que de eso, poco más, que no es poco, se trata el trabajo del escribidor de contras.

 ContraNueva

 

 Y luego ya no hemos podido parar y hemos caído también en las fajas obscenamente autocelebratorias. Pero es que teníamos tanto que celebrar:

La octava edición de Plomo en los bolsillos, de Ander Izagirre, con su cinta roja de ramo de flores en el podio del Tour.

Y la quinta edición de Fariña, de Nacho Carretero, con su fondo fajofarlopa y su cebo elogioSegurola y elogioEnricGonzález

 

Vender libros, que nos lean, es el único argumento de la obra.

Pero seguimos soñando en desatornillar vuestros árboles, girar los setos y lavar el césped con champú. 

 

 

 

octubre 07, 2015

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La verbena del K.O.

Queridas kaóticas y kaóticos,

Esta semana nos vamos de viaje por el norte, con triple sesión en Bilbao y A Coruña. Tan apretada es nuestra agenda que incluso nos contraprogramamos a nosotros mismos. Se hablará de prostitución, de humor en el islam y de narcotráfico. Poca cosa.

 

Miércoles 7 (o sea, hoy mismo),

- Samanta Villar presenta Nadie avisa a una puta, en la Casa del Libro de Bilbao (Alameda de Urquijo, 9), a partir de las 19.30. La autora estará acompañada por June Fernández (fundadora de la revista Píkara) y por Montse Neira.

- Íñigo Domínguez charlará con el dibujante de viñetas sudanés Khalid Albaih sobre el humor en el islam. Será en el festival del humor Ja!: Sala BBK, Gran Vía 19-21, Bilbao, a las 20.00 horas.

 

Jueves 8.

- Nacho Carretero vuelve a casa para presentar Fariña, y lo hará escoltado por el gran Juan Tallón. Será en el FNAC de A Coruña, a las 20 horas.

 

Luego no digáis que no os hemos avisado.

octubre 05, 2015

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El capo y el filósofo

Años después el propio Oubiña se justificaría: «Si he traficado en alguna ocasión con hachís es porque nunca se me pasó por la cabeza que llegásemos a estas fechas sin que estuviese legalizado, tanto en España como en el resto del mundo. La diferencia entre el hachís y otras sustancias es que es una droga blanda, y, que yo sepa, nadie se ha muerto por consumirlo». Tan en serio se tomaron los Oubiña esta línea argumental que recurrieron incluso al famoso ensayista Antonio Escohotado, autor de Historia general de las drogas. Lo recuerda el propio escritor: «Cuando (Laureano) estaba siendo procesado, sus familiares me pidieron un escrito sobre la historia, efectos y uso actual del hachís, que con gusto hice. Incluso comparecí como testigo de la defensa en una de las vistas, pero Oubiña rechazó entonces a su abogado —Ruiz Giménez— y no llegué a ser preguntado por nadie, si bien recuerdo».
Fragmento de Fariña (Nacho Carretero, Libros del K.O., 2015)
junio 25, 2015

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La vida de las cosas

I. INTRO

Y cuando aterrizó en España, su nombre estaba mal escrito.

Este es el arranque de un thriller non fiction que está sucediendo ahora en directo. Luchamos contra el reloj y acaso contra el cosmos. El drama sucede en tres escenarios: una imprenta, un almacén de libros en un pueblo de Guadalajara y un avión cruzando el Atlántico.

Pero empecemos por el principio:

La vida de las cosas es el título de nuestro último libro. Lo ha escrito Álex Ayala, español de nacimiento, boliviano de corazón y tartamudo de vocación, y una persona tan generosa y romántica que es la segunda vez que publica con nosotros. Posiblemente sea la última.

Después de cinco años sin volver a casa, Álex está volando ahora mismo hacia Madrid, donde parará unos días antes de poner rumbo a su Vitoria natal. Hemos hecho coincidir su visita con la publicación del libro, y entre los abrazos, reencuentros y complicidades que le esperan, le hace especial ilusión entrar a una librería y poder tocar con sus manos el libro recién salido de imprenta. Sentirá esa satisfacción de leer su nombre en la portada del libro:

 

Le dará la vuelta, leerá la contraportada, lo inclinará como una espada de papel valirio, acariciará el lomo y verá

y verá

que los descerebrados de sus editores han escrito mal su nombre. Y que donde debería poner Ayala dice Alaya.

II. FLASHBACK

Con su sombrero Panamá colgando de una botella de ginebra, Holden se sienta al ordenador de su casa. Está contento. Está a punto de dar una mala noticia. Escribe con fingida austeridad, masticando en silencio las adversativas, como un profesor a punto de suspender un examen:

Me acaba de llegar el libro de Ayala. Justo ayer leí el primer capítulo y tenía ganas de más. No obstante, he de decirte que ha llamado mi atención un fallo importante: el apellido de Alex está mal escrito en el lomo del libro. Pone "Alaya". No sé si estáis al corriente ya. Pero por si acaso estáis a tiempo de cambiarlo.

No, no estábamos al corriente ya.

No, no da tiempo a cambiarlo.

La cámara enfoca mi rostro de angustia.

Fundido en negro

 

III. LA HUIDA

- Una pegatina—exclama mi socio Álvaro— Imprimimos pegatinas con el nombre bien escrito y vamos al almacén de la distribuidora, escalamos las estanterías y curamos, uno a uno, todos los lomos de todos los libros.

- ¿Una pegatina?— replico— ¿No será demasiado cutre?.

- Si tienes una idea mejor, adelante.

No, no tenemos una idea mejor.

Llamamos a nuestro diseñador de cabecera, Artur Galocha, nuestro señor Lobo de in design, para que se encargue de diseñar para ayer mismo una pegatina para el lomo. Algo fantástico, memorable y rápido. Él está acostumbrado a este nivel de tensión. Sí se puede, pensamos.

Pero no se puede.

Artur nos informa que está convaleciente por un accidente en bicicleta. Tensó tanto las manos al frenar que ahora no puede ni sujetar una lata de mahou al atardecer en la playa. Le montamos una escena dramática, le suplicamos y se despide de nosotros asegurando que se pondrá con ello, aunque sea tecleando comandos con una pajita.

Mientras tanto, desde la distribuidora, espantados por nuestra cagada, nos sugieren que reimprimamos el libro entero, que es como pedirle a Grecia que celebre unos Juegos Olímpicos este verano. Mientras tanto el avión de Álex debe de estar llegando ya al anticiclón de las Azores. Mientras tanto imagino excusas para Álex Ayala, que es la única persona de toda la cadena alimenticia que a estas hora no sabe lo que ha ocurrido con su libro:

- Álex, ¿sabes que La vida de las cosas tiene vida propia y que ha ocurrido algo que daría para añadir un epílogo entrañable a la segunda edición?

- Álex, una agencia de Marketing nos ha recomendado que escribamos Alaya en vez de Ayala, para que la gente confunda tu libro con las memorias de la juez de los ERES y así vender más. Porque la crónica latinoamericana es muy bonita, no te digo yo que no, pero vender, lo que se dice vender, aquí vende más la política y la corrupción.

- Álex, tenemos que hablar

- Álex, Planeta nos ha saboteado

- Álex, ¿en el fondo es una anécdota divertida, verdad?

Álvaro me manda wasabis con fotos de las pegatinas sobre el lomo. Es solo una prueba, me advierte a la defensiva. Es entrañable, pienso, pero parece una tirita.

- Alex, ¿te gusta nuestra nueva tipografía? Se llama Pegatin Sans. Está pegando muy fuerte entre las starts up de Sillicon Valley.

Mientras espero noticias de Álvaro, reviso el correo con aprensión. Termino de escribir un mail a un severo crítico literario que desprecia nuestro trabajo con mimo. Solo una vez leyó un libro nuestro y nos dijo que había encontrado cinco erratas.

Le doy a mandar. Antes de levantarme del asiento mis ojos sobrevuelan la pantalla. Leo con espanto la última frase:

"Muchas gracias por tu atención

Salidos cordiales".

junio 23, 2015

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El experimento griego

 

«En los últimos meses, desde los centros de decisión política se está intentando vender la historia de que lo estamos haciendo bien. Hay que plantearse tres preguntas: ¿Es verdad? ¿Es solo una estrategia de comunicación? ¿Está funcionando esta estrategia? La primera respuesta es no, no es verdad. La segunda es sí, es una estrategia de comunicación porque es necesario que se comprenda que este violento experimento que se ha hecho con Grecia está funcionando. Y tercero, sí, la comunicación está calando. Porque aunque la situación sea peor que hace dos años, lo que hay ahora es una derrota social, la resignación ante lo que pasa. El mensaje es “tenéis que ser felices con lo poco que os damos porque el resto es peor”. Se tiene que asumir el mensaje –en Irlanda, en España, en Italia– de que este violento experimento ha funcionado, que sí hay estabilidad bajo la receta neoliberal, entonces hay una posibilidad de éxito. Y hay que mostrar a los griegos y a los demás que cuanto más obedientes sean, más oportunidades tendrán de volver a la senda del crecimiento y el desa- rrollo. Un desarrollo basado en la opresión, en la tristeza, en la sumisión.

El verano pasado viajé por Anatolia. Hablé con un señor que me preguntó por la situación en Grecia y que se compungía por lo mal que lo estábamos pasando. Y era un señor que había estado trabajando desde los 12 hasta los 46 años sin descanso, sin vacaciones, sin nada, por 375 euros al mes. Estaba muy contento de tener un primer ministro fuerte que aseguraba el desarrollo del país. Lo que vi delante de mis ojos era la representación del individuo que se quiere: alguien que es feliz con nada. Y esto es el experimento griego. Un capitalismo europeo competitivo sin beneficios sociales. La lección que todos tienen que aprender es: si los chicos malos –Grecia– lo han conseguido, está es la estrategia que vosotros también tenéis que seguir.

Dimitris Christopoulos, profesor de ciencia política en la Universidad Panteion de Atenas, en Las Cuatro estaciones de Atenas, de Mariangela Paone

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